Creepypasta de mi perro

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La cama era un santuario, un refugio de la humedad gris que se filtraba por las grietas de la ciudad. A veces, en las noches más sombrías, sentía que el aire mismo se volvía espeso, cargado de un hedor a moho y desesperación. Pero allí, en la penumbra de la habitación, mi compañero me esperaba. Un bulldog francés, de pelaje oscuro y atigrado, recostado sobre la colcha clara que contrastaba con su oscuridad.

Lo llamé Noche. Un nombre simple, nacido de la pura necesidad de algo que llenara el silencio opresivo. Noche no era un perro cualquiera. Lo supe desde el momento en que lo vi, abandonado en una caja de cartón empapada frente a la puerta de mi edificio. Sus ojos, dos pozos oscuros y profundos, no albergaban la típica inocencia canina. Había algo ancestral en ellos, una quietud que me recordaba a estatuas antiguas, a secretos guardados en la tierra.

Al principio, pensé que era solo la desnutrición, la suciedad. Pero a medida que Noche recuperaba su fuerza, esa mirada no cambiaba. Sus orejas, siempre erguidas, parecían escuchar algo que yo no podía oír, algo más allá de los ruidos mundanos de la vida urbana. Su hocico arrugado, que en otros perros podría parecer cómico, en él adquiría una solemnidad que me resultaba, en ocasiones, escalofriante.

Vivíamos una rutina apacible, o al menos eso pretendía creer. Paseos al amanecer, cuando las calles aún estaban desiertas y solo los gatos callejeros se atrevían a cruzar mi camino. Comidas sencillas, compartidas en silencio. Y luego, las noches. Noche se acurrucaba a mis pies, su peso reconfortante contra la colcha. Pero su mirada… su mirada siempre estaba fija. No me miraba a mí, no directamente. Miraba a través de mí, o más allá de las paredes, hacia algo que solo él conocía.

Una vez, mientras estaba tumbado en la cama, Noche se levantó de repente. Sus orejas se tensaron, y un gruñido bajo vibró en su pecho. No había nada. Ningún ruido, ninguna sombra que justificara su alarma. Solo la quietud densa de la noche. Me acerqué a él, intentando calmarlo, pero su mirada se clavó en un punto vacío en la esquina de la habitación. Era una mirada de reconocimiento, de expectación. Y luego, lentamente, sus ojos se desviaron hacia mí. En ese instante, juré ver un atisbo de algo más profundo, algo que no era de este mundo, reflejado en sus pupilas oscuras. Sentí un frío que no provenía de la ventana abierta.

Empecé a notar otros cambios. Noche ya no ladraba. Nunca lo hizo. Pero a veces, en medio de la noche, escuchaba un sonido sordo proveniente de su garganta, como si intentara tragar algo pesado. Y la mancha blanca en su pecho, que al principio me pareció tierna, adquirió una forma extraña, casi como un ojo abierto en la oscuridad de su pelaje.

La tranquilidad de la escena que me rodeaba se volvió una farsa. La colcha clara ya no era un refugio, sino un lienzo sobre el que se proyectaba la inquietud de mi compañero. La pata delantera extendida, que antes me parecía una pose de juego, ahora la veía como una advertencia, como si estuviera a punto de tocar algo que yo no podía ver.

Las noches se alargaron. El sueño se volvió un bien escaso, reemplazado por una vigilancia constante, alimentada por la mirada penetrante de Noche. Me preguntaba qué veía en esa oscuridad, qué secretos compartía con las sombras que danzaban en los bordes de mi visión. ¿Era solo la fantasía de un hombre solitario, atormentado por el aislamiento? ¿O era Noche, mi mascota, un portal hacia algo más siniestro?

Una noche, el aire se volvió insoportablemente frío. Me desperté sin razón aparente. Noche estaba de pie junto a la cama, su silueta oscura contra la escasa luz que entraba por la ventana. Sus ojos, más oscuros que nunca, parecían absorber toda la luz de la habitación. Me miraba fijamente, pero esta vez, no era una mirada perdida. Era una mirada directa, llena de una inteligencia helada.

Sentí que mi propio aliento se congelaba en mi pecho. No podía moverme. Noche dio un paso hacia mí, luego otro. El sonido de sus patas sobre la colcha era lo único que rompía el silencio sepulcral. Su hocico arrugado se acercó a mi rostro, y un olor a tierra húmeda y algo dulzón, casi putrefacto, me invadió.

Entonces, vi mi reflejo en sus ojos. Pero no era mi rostro el que vi. Era algo distorsionado, algo que se retorcía, atrapado en la oscuridad de su mirada. Y supe, con una certeza aterradora, que Noche no era solo mi mascota. Era un guardián. Un portero. Y esta noche, había decidido abrir la puerta. La mancha blanca en su pecho pareció palpitar, como un corazón latiendo con una vida ajena.

Cerré los ojos, y lo último que sentí fue la tibieza de su aliento en mi rostro, un aliento que ya no olía a perro, sino a algo antiguo y hambriento. Cuando la luz del amanecer finalmente logró perforar la oscuridad de mi habitación, la cama estaba vacía. Solo quedaba la colcha clara, impecable, y un silencio que se sentía más profundo, más insondable que nunca. La mirada de Noche, sin embargo, seguía ahí, grabada a fuego en mi memoria, como un eco perpetuo de lo que había visto, y de lo que se había llevado.