En medio de una aburrida clase sobre algoritmos, un hombre de cabello oscuro y lacio apareció de la nada en el rincón del aula. VestÃa una capa marrón y un chaleco blanco que parecÃa sacado de un museo, pero lo que más llamaba la atención era su mirada intensa, fija en la pizarra digital. La estudiante curiosa, que siempre llevaba su suéter verde oliva y el pelo castaño recogido, dejó de dibujar esquemas en su cuaderno. Observó que el extraño apretaba una pluma manchada de tinta azul entre sus dedos, como si fuera un tesoro rescatado de un naufragio.
El profesor moderno, un hombre alto y delgado de americana gris, se detuvo en seco. Sus gafas redondas, siempre bajas sobre la nariz, casi se caen al suelo por la sorpresa. Con una postura crÃtica y los brazos cruzados, exigió saber quién era ese hombre que interrumpÃa su lección de tecnologÃa. —Solo soy alguien que duda —respondió Descartes, ajustándose la capa—. Dudo de estas luces en el techo, de esas paredes blancas y hasta de vuestras extrañas vestimentas. Pero mientras dudo, sé que estoy pensando, y eso me basta para estar aquÃ.
El estudiante tech, que apenas se habÃa inmutado tras sus auriculares negros, bajó su capucha gris y estiró sus largas piernas. Con una postura relajada, levantó su tablet luminosa llena de pegatinas y se la mostró al recién llegado. "¿Puedes dudar de esto, abuelo? Aquà dentro hay mundos enteros que no puedes tocar". Descartes se acercó, intrigado por el resplandor azul de la pantalla. Rozó el cristal con su pluma manchada de tinta y sonrió. Explicó que los sentidos a veces nos engañan, como un remo que parece doblado bajo el agua, y que la verdad no está en lo que vemos, sino en lo que nuestra razón logra comprender.
La estudiante curiosa no pudo contener su energÃa nerviosa y se acercó corriendo. Le mostró su cuaderno repleto de esquemas complejos y flechas. "¿Entonces, si dejo de pensar, dejo de existir?", preguntó con los ojos muy abiertos, mientras sus jeans negros se manchaban de tiza al rozar el estrado. Descartes tomó el cuaderno y, con un trazo firme de su pluma azul, dibujó un cÃrculo perfecto. Le explicó que la mente es como un jardÃn: hay que arrancar las malas hierbas de las ideas falsas para que las flores de la verdad puedan crecer con fuerza y claridad.
El ruido de unas llaves interrumpió la charla. El conserje sabio entró al aula con su paso firme y su figura bajita y robusta. Su chaleco reflectante amarillo brillaba sobre su camisa marrón mientras observaba la escena con una mirada serena. Se detuvo junto al profesor, que seguÃa intentando colocarse las gafas. "A veces, para abrir una puerta, no hace falta mucha fuerza, sino la llave correcta", dijo el conserje, señalando la llave maestra que colgaba de su cinturón. Miró a Descartes y asintió con respeto, comprendiendo que aquel hombre buscaba la llave de la verdad, la misma que él usaba para cuidar el edificio cada dÃa.
Cuando el sol empezó a ponerse, Descartes comenzó a desvanecerse como la niebla. El profesor moderno, por primera vez en años, guardó silencio y se sentó a reflexionar. El estudiante tech apagó su tablet y la estudiante curiosa empezó a escribir un nuevo esquema titulado "El mundo de las ideas". Antes de desaparecer por completo, el filósofo dejó su pluma manchada de tinta azul sobre el escritorio del profesor. El conserje sabio cerró la puerta con suavidad, sabiendo que, aunque el hombre de la capa ya no estaba, sus pensamientos se quedarÃan grabados para siempre en las paredes de aquella universidad.