Variación de indicadores seleccionados de enfermedades infecciosas
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Una evaluación de las tendencias, las desigualdades y la calidad de los datos en la recta final hacia 2030
La edición 2026 de Estadísticas sanitarias mundiales de la Organización Mundial de la Salud reúne datos disponibles hasta marzo de 2026 para evaluar los indicadores sanitarios relacionados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El panorama combina avances sostenidos —por ejemplo, en algunas enfermedades infecciosas, en la cobertura de servicios de agua y saneamiento y en determinados factores de riesgo— con retrocesos, estancamientos y brechas persistentes. A menos de cinco años de 2030, el informe concluye que el progreso es demasiado lento y desigual: ninguno de los indicadores mundiales con una meta cuantitativa está actualmente en trayectoria de alcanzarla. La pandemia de COVID-19 produjo un impacto profundo y duradero: se estiman 22,1 millones de muertes en exceso entre 2020 y 2023, y para 2021 se habían perdido casi diez años de avances en esperanza de vida y esperanza de vida saludable. La recuperación posterior ha sido desigual entre regiones, edades y sexos. Al mismo tiempo, las limitaciones de financiación y los sistemas de información incompletos dificultan sostener los servicios esenciales y entender con precisión qué está ocurriendo. El informe plantea que medir mejor es parte de la respuesta sanitaria. Reforzar los sistemas de registro civil y estadísticas vitales —incluidos el registro completo de defunciones, la certificación médica, la codificación conforme a la Clasificación Internacional de Enfermedades y la publicación oportuna— permitiría orientar políticas y recursos con evidencia más fiable. Sus tres capítulos examinan los indicadores de salud de los ODS, la mortalidad asociada a la pandemia y la calidad y disponibilidad de los datos de mortalidad.
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El informe revisa 52 indicadores sanitarios relacionados con los ODS. Aunque muchos muestran una tendencia mundial favorable, el ritmo de mejora no basta: ninguno de los indicadores con meta numérica está actualmente en trayectoria de alcanzarla.
Entre 2010 y 2024, las nuevas infecciones por VIH descendieron un 40 % y las personas que requerían intervenciones contra enfermedades tropicales desatendidas disminuyeron un 36 %. En contraste, la incidencia mundial de malaria aumentó un 8,5 % desde 2015.
La anemia afectaba al 30,7 % de las mujeres en edad reproductiva en 2023, y el sobrepeso alcanzó al 5,5 % de los menores de cinco años en 2024. También continúa siendo muy alta la violencia contra las mujeres, con probable subregistro en las estimaciones.
Se estiman 22,1 millones de muertes en exceso asociadas a la COVID-19 entre 2020 y 2023. Para 2021, casi una década de avances en esperanza de vida y esperanza de vida saludable había quedado anulada, y la recuperación desde 2022 no ha sido uniforme.
La ayuda oficial al desarrollo destinada a salud se estimó entre un 30 % y un 40 % más baja en 2025 que en 2023. En países con deuda elevada y financiación pública nacional insuficiente, los recortes repentinos pueden afectar servicios esenciales, medicamentos y vacunas.
Demasiadas defunciones no se registran a tiempo o carecen de información precisa sobre la causa. Mejorar el registro, la certificación médica, la codificación conforme a la CIE y la publicación oportuna es crucial para orientar políticas, vigilar tendencias y prepararse ante futuras emergencias.
En las últimas dos décadas se han logrado reducciones importantes de la mortalidad materna e infantil, de la incidencia del VIH y la tuberculosis, y del consumo de tabaco y alcohol. El informe destaca que los compromisos nacionales y multilaterales sostenidos pueden traducirse en mejoras medibles.
Ninguno de los indicadores mundiales con metas cuantitativas está encaminado a cumplirlas para 2030. Además, para algunos indicadores faltan series recientes o suficientes observaciones para evaluar tendencias con solidez.
La pandemia revirtió avances en longevidad y dejó una carga de mortalidad extraordinaria. Las restricciones fiscales, la deuda elevada y la reducción estimada de la ayuda internacional para salud pueden interrumpir servicios esenciales y limitar el acceso a medicamentos y vacunas.
La financiación predecible, la atención primaria y la cobertura sanitaria universal deben acompañarse de sistemas de registro civil y estadísticas vitales completos, codificación estandarizada y datos digitales interoperables que lleguen a tiempo a quienes planifican.
Con menos de cinco años hasta 2030, el diagnóstico global es claro: se han conseguido mejoras importantes, pero la velocidad actual no permite confiar en el cumplimiento de las metas sanitarias.
La edición 2026 analiza 52 indicadores sanitarios relacionados con los ODS. Más de la mitad cuentan con una meta numérica, pero ninguno de esos indicadores está en trayectoria de alcanzar la meta a escala mundial si se mantiene la tasa media de cambio observada. La mayoría de las tendencias evaluables se mueve en la dirección deseada; sin embargo, una dirección favorable no equivale a progreso suficiente. Esta distinción resulta esencial para no confundir mejoras parciales con una trayectoria compatible con los compromisos de 2030.
La capacidad de evaluar el progreso también es desigual. Para aproximadamente tres cuartas partes de los indicadores hubo agregados mundiales disponibles durante al menos la mitad del período de evaluación 2015–2025. En cambio, un 13 % tuvo solamente un promedio mundial o ninguno, lo que impide describir tendencias; para cuatro indicadores, los únicos datos disponibles eran anteriores a 2020. Así, las brechas de información no son un problema accesorio: limitan la capacidad de saber dónde acelerar, qué medidas funcionan y qué grupos quedan rezagados.
El informe subraya que los resultados varían por región y población. La carga desproporcionada recae en países de ingresos bajos y medianos, comunidades desatendidas y contextos frágiles o afectados por conflictos. Por ello, los promedios mundiales deben interpretarse junto con las diferencias entre territorios y grupos; de otro modo, pueden ocultar retrocesos o necesidades urgentes.
La prioridad no es solo mantener las mejoras existentes, sino acelerar el progreso y cerrar tanto las brechas de resultados como las de medición.
Las tendencias sanitarias no siguen una sola dirección: algunas intervenciones han reducido enfermedades y exposiciones, mientras que otros riesgos se mantienen elevados o empeoran.
Entre 2010 y 2024, las nuevas infecciones por VIH disminuyeron un 40 % a escala mundial y el número de personas que necesitaban intervenciones contra enfermedades tropicales desatendidas cayó un 36 % desde 2010. La incidencia de tuberculosis descendió un 12 % desde 2015. Los avances regionales también importan: en la Región de África, las reducciones de nuevas infecciones por VIH y de incidencia de tuberculosis fueron del 70 % y el 28 %, respectivamente, mayores que los promedios mundiales descritos. La Región de Asia Sudoriental está en camino de cumplir el hito de 2025 de reducir un 75 % la incidencia de malaria.
La malaria constituye una señal de alerta: su incidencia mundial aumentó un 8,5 % desde 2015, alejándose de la meta de 2030. En los factores de riesgo, la anemia en mujeres de 15 a 49 años llegó al 30,7 % en 2023, ligeramente por encima del nivel de 2012, y el sobrepeso entre menores de cinco años alcanzó el 5,5 % en 2024. El informe también documenta la persistencia de la violencia: en 2023, un 24,7 % de las mujeres y niñas de 15 años o más que habían tenido pareja sufrió violencia de pareja íntima; un 8,2 % experimentó violencia sexual por parte de una persona que no era su pareja. El subregistro probablemente hace que la prevalencia real sea mayor.
También hay avances en la reducción de algunos riesgos y en la expansión de servicios básicos. El consumo de tabaco y alcohol ha disminuido desde 2010 y se proyecta que quedará cerca, aunque todavía por debajo, de las metas mundiales. Entre 2015 y 2024, 961 millones de personas adicionales obtuvieron servicios de agua potable gestionados de forma segura, 1.200 millones accedieron a saneamiento seguro y 1.600 millones a servicios básicos de higiene. Estas mejoras son importantes, pero no eliminan las brechas de acceso ni la carga sanitaria que generan la falta de servicios y la exposición ambiental.
Hay intervenciones que funcionan, pero sostenerlas y dirigirlas a las poblaciones rezagadas es indispensable para que los avances no convivan con retrocesos evitables.
La cobertura universal de salud depende tanto de la disponibilidad de servicios como de la capacidad financiera y operativa para sostenerlos de manera continua y equitativa.
El informe señala que el progreso se ha estancado en la cobertura sanitaria universal, así como en salud materna e infantil y en la reducción de la mortalidad prematura por enfermedades no transmisibles. Estas áreas reflejan la capacidad cotidiana de los sistemas para prevenir, detectar y tratar problemas de salud. La existencia de una meta o de servicios formales no garantiza que todas las personas puedan acceder a ellos sin barreras ni gastos que comprometan la economía del hogar.
La financiación aparece como una restricción estructural. Muchos países afrontan una elevada carga de deuda y una financiación pública nacional insuficiente. Además, la ayuda oficial al desarrollo para salud se estimó un 30–40 % más baja en 2025 que en 2023. Reducciones repentinas pueden interrumpir servicios esenciales y limitar el acceso a medicamentos y vacunas que salvan vidas, en particular cuando los presupuestos nacionales tienen poco margen para sustituir esos recursos.
La resiliencia requiere financiación adecuada y previsible, compromiso político sostenido y sistemas capaces de convertir recursos en atención efectiva. La inversión en infraestructura digital y sistemas de información interoperables también es parte de esa capacidad: permite que los datos se compartan, se analicen y se utilicen para planificar. El informe presenta la toma de decisiones basada en evidencia como una responsabilidad compartida entre países y asociados, especialmente en la etapa final del período de los ODS.
Acelerar la cobertura sanitaria requiere proteger la continuidad de los servicios y combinar recursos nacionales sostenibles con cooperación internacional previsible.
La mortalidad es una medida decisiva del impacto de las crisis y de las desigualdades; las estimaciones de la pandemia revelan cuánto pueden retroceder los avances acumulados.
La OMS estima que entre 2020 y 2023 ocurrieron 22,1 millones de muertes en exceso asociadas a la pandemia de COVID-19. El impacto no se limita a las defunciones atribuidas directamente al virus: la mortalidad en exceso permite considerar el cambio total respecto de lo que se habría esperado, aunque su estimación requiere integrar distintas fuentes y métodos. Para 2021, casi una década de avances en esperanza de vida y esperanza de vida saludable había sido anulada.
Desde 2022 se observa recuperación, pero esta es desigual según región, edad y sexo. Una media mundial puede ocultar experiencias muy diferentes: algunos grupos o territorios pueden haber recuperado parte de sus pérdidas mientras otros siguen rezagados. Las estimaciones de esperanza de vida y de esperanza de vida saludable incorporan las estimaciones de muertes en exceso por COVID-19 para evaluar la mortalidad general de 2020 a 2023.
El capítulo de mortalidad también muestra que las lesiones y otras causas presentan patrones muy distintos. En 2021 se estimaron 1,18 millones de muertes por siniestros viales; el número fue un 5,4 % inferior al de 2010, pero la reducción es insuficiente para alcanzar el objetivo de reducir a la mitad las muertes para 2030. Los hombres tuvieron un riesgo vial global aproximadamente tres veces mayor que las mujeres. En el mismo año, el informe estima 727.000 muertes por suicidio y 484.000 por homicidio, con grandes diferencias regionales y por sexo.
La vigilancia de la mortalidad debe mostrar no solo cuántas personas mueren, sino también quiénes soportan el mayor riesgo y cómo evoluciona la recuperación.
Contar las defunciones y registrar correctamente sus causas permite que los países conozcan sus necesidades sanitarias y evalúen si sus políticas están funcionando.
El tercer capítulo evalúa la disponibilidad y la calidad de los datos de causas de muerte comunicados a la base de datos de mortalidad de la OMS. Esos registros proceden de sistemas nacionales de registro vital y contienen la causa subyacente codificada por las autoridades nacionales competentes. Su cobertura y calidad condicionan la posibilidad de producir estadísticas comparables, detectar cambios y orientar la planificación sanitaria.
El informe identifica como prioridad reforzar los sistemas de registro civil y estadísticas vitales (CRVS, por sus siglas en inglés): completar el registro de defunciones, mejorar la certificación médica de la causa de muerte, aplicar codificación basada en la Clasificación Internacional de Enfermedades y comunicar los datos oportunamente. Cuando estas etapas fallan, algunas muertes quedan fuera de las estadísticas, las causas pueden clasificarse incorrectamente y las estimaciones resultantes pierden precisión o relevancia.
El fortalecimiento de los sistemas no es únicamente una cuestión técnica. Requiere instituciones coordinadas, personal capacitado y herramientas que permitan usar los datos con regularidad. La publicación también presenta experiencias de países que ilustran cómo mejorar la calidad, la integridad y el uso de los datos de mortalidad. A esta base se suma la inversión en infraestructura digital interoperable, capaz de generar información fiable y útil para decisiones concretas.
Invertir en sistemas CRVS es una política de salud pública: fortalece la vigilancia, la rendición de cuentas y la capacidad de responder a futuras emergencias.
Las estadísticas mundiales son una herramienta para actuar, pero solo si se comprenden sus períodos de referencia, fuentes, incertidumbres y limitaciones.
Los datos del informe corresponden a la información disponible para el monitoreo mundial hasta marzo de 2026. Se compilaron principalmente a partir de publicaciones y bases de datos de la OMS, organismos de las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales. Los años de referencia no son uniformes: cada indicador se actualiza con ritmos distintos y puede tener un desfase entre el año al que se refiere el dato y el de su publicación.
La evaluación de si una meta se alcanzaría se basa, salvo indicación contraria, en proyectar hasta el año objetivo la tasa media anual de cambio observada. Esta es una forma de evaluar la trayectoria, no una garantía de que el futuro vaya a seguir exactamente ese patrón. Las estimaciones de mortalidad en exceso y de esperanza de vida combinan varias fuentes y métodos; algunas cifras se presentan con intervalos de incertidumbre para reflejar que no son conteos exactos.
Por tanto, la lectura responsable distingue entre recuentos y tasas, entre cambios absolutos y porcentuales, y entre estimaciones globales y diferencias regionales. También considera el año del dato: una cifra de 2019 o 2021 no describe necesariamente la situación de 2026. El informe invita a traducir la evidencia en decisiones sostenidas, financiadas y adaptadas a los contextos, mientras se mejoran los sistemas que producirán la evidencia futura.
Usar la evidencia con rigor significa leer cada dato junto a su año, unidad, método y grado de incertidumbre, y convertirlo en una respuesta adecuada al contexto.
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Conjunto de objetivos acordados por las Naciones Unidas para orientar el desarrollo sostenible. El informe analiza los indicadores relacionados con salud y evalúa su avance hacia las metas de 2030.
Objetivo de que todas las personas puedan acceder a los servicios de salud que necesitan sin afrontar dificultades financieras. En el informe forma parte del análisis del progreso de los sistemas de salud.
Diferencia entre las muertes observadas durante un período y las que se habrían esperado en ausencia de la situación analizada. El informe utiliza estimaciones de mortalidad en exceso asociada a la pandemia de COVID-19.
Medida de los años que se espera vivir en buena salud. El informe examina sus tendencias junto con la esperanza de vida, incluida la alteración causada por la pandemia.
Sigla en inglés de sistemas de registro civil y estadísticas vitales. Incluyen procesos para registrar hechos vitales, como nacimientos y defunciones, y producir estadísticas útiles para políticas y vigilancia.
Sistema de clasificación utilizado para codificar enfermedades y causas de muerte. Una codificación consistente favorece la comparabilidad y el análisis de los datos de mortalidad.
Sigla en inglés de agua, saneamiento e higiene. El informe relaciona el acceso insuficiente a estos servicios con muertes y carga de enfermedad prevenibles.
Grupo de enfermedades que no se transmiten de persona a persona, como las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y las enfermedades respiratorias crónicas. Siguen siendo las principales causas de mortalidad a escala mundial.
Rango que expresa la incertidumbre asociada a una estimación. Algunas cifras del informe se presentan con intervalos de incertidumbre para evitar interpretarlas como recuentos exactos.
Medida estadística utilizada para seguir un aspecto de la salud o de sus determinantes en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
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Revisa indicadores sanitarios relacionados con los ODS, analiza la mortalidad en exceso asociada a la COVID-19 y las tendencias de esperanza de vida y esperanza de vida saludable, y examina la disponibilidad y calidad de los datos nacionales sobre causas de muerte.
Aunque muchos indicadores evolucionan en la dirección deseada, el ritmo es demasiado lento. Ninguno de los indicadores mundiales con metas numéricas está actualmente en trayectoria de alcanzar su meta si continúa la tasa media de cambio observada.
No. Cada indicador se actualiza con distinta frecuencia y sus datos pueden tener diferentes desfases de publicación. Por eso es importante consultar el año de referencia específico de cada cifra y no interpretarlas como si describieran todas la situación de 2026.
Permiten registrar las defunciones y documentar sus causas con precisión y oportunidad. Estos datos son esenciales para vigilar la mortalidad, planificar servicios, orientar recursos, evaluar políticas y fortalecer la preparación ante emergencias.