734 Otra cosa bien extraña nos tocó oír mientras íbamos en la canoa, toda- vía en los días de Villacol. Hablaban los bogas de lo mucho que robaban en Magangué y que a uno de ellos se le había perdido un dinero que lleva- ba para cumplirle un encargo a la virgen. ¿Y que hiciste, le preguntó el otro, para responderle a la virgen? Pues tuve que hacer la compra con dinero mío porque ¿cómo iba yo a echarme encima la malquerencia de la virgen? Esto me llamó la atención porque al principio creí que se trataba de alguna imagen de María. Pero con la última expresión, el asunto cambiaba mucho. Los interrogué muy discretamente y supimos que veneraban a las que voluntariamente no se casaban jamás, ni eran malas en ningún senti- do. Qué cosa más bonita y rara, en medio de aquella gente tan ignorante y tan mala. Nos explicaron, al ver nuestra sorpresa, cómo en todo el San Jorge no había más que dos vírgenes, una cerca de Ayapel y la otra en Mochajagua y que todos las atendían y servían, con el mayor gusto y que creían que hacerles algún mal a ellas era hacerse desgraciado. Esto me dio mucho qué pensar y si no me hubiera dado pena, mucho qué preguntar. Cómo el paganismo se copia en todo. ¡El miserable San Jorge se mostraba igual a la opulenta Roma de los Césares! Ambos vene- ran la virginidad por más que no tenga el perfume que el amor de Dios le imprime, entre los católicos. ¡Esas mujercitas eran vírgenes quién sabe por qué! No era el amor de Dios lo que las obligaba o las llevaba a conser- var su virginidad. Que virginidad tan boba me pareció ésa; aunque suma- mente respetable esa especie de culto que le tributaban. Sin embargo, me decía a mí misma: si yo hubiera nacido aquí, sería como estas vírgenes. Cuando llegamos a la Mochajagua, nos recibieron unas negritas muy simpáticas y nos invitaron para que fuéramos a conocer el caserío. - ¿Y de particular que hay aquí para conocer? Les dije. - La virgen nada más, me contestaron. Vamos pues a ver la virgen, les dijimos, y nos llevaron a la casa de una mulatica de Cáceres. Al llegar sin pena de ella, le dijeron: Aquí vienen las blancas a conocerla porque le dijimos que usted es virgen. Ella muy sere- na se dejó presentar diciendo que sí era virgen. Le preguntamos por qué no se había casado y contestó que porque no había querido. Cuando vivió en Capítulo XLIV. Sorpresas en los caseríos